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Paraísos naturales de camino a la extinción

Uno de los grandes problemas que ahora mismo sufre nuestro planeta es, además del cambio climático y la contaminación, la superpoblación. El exceso de habitantes por metro cuadrado en las superficies habitables del planeta ha dado lugar, lógicamente, a que se intente aprovechar cualquier centímetro de tierra para crear un lugar habitable, chocando esto de lleno con la creación de espacios naturales, los hábitats protegidos y el mantenimiento de ecosistemas en los que el ser humano no estaba hasta ahora incluido. Todo esto está creando grandes desequilibrios medioambientales y cambiando la geografía natural de la Tierra; y junto a esto, el auge del turismo comercial se ha convertido en otro gran problema.

Se conoce sobre todo la destrucción de la selva amazónica, considerada el mayor pulmón del planeta, y los problemas de habitabilidad que la intervención en la zona gracias al progreso han sufrido las tribus autóctonas, ajenas hasta ahora a todo este problema de población y de evolución. Pero no creas que es el único lugar que padece estas malas consecuencias, no. De hecho, nada queda a salvo del ansia del hombre moderno por hacer de cualquier lugar del mundo un sitio donde no sólo vivir, sino incluso estar cómodo y disfrutar, aunque tenga que arrasar con el modo de vida de un montón de otras especies; e incluso, con el modo de vida de otras comunidades indígenas.

De este modo, ahora conocemos el peligro que está sufriendo la zona del Tibet. Hasta hace poco, este lugar era considerado el techo del mundo, albergando los picos más altos de la Tierra, y un paraíso natural que permanecía virgen en su mayor totalidad. Pero, por supuesto, el apartado lugar se ha convertido en uno de los destinos turísticos más demandados, y eso ha hecho que las autoridades chinas hayan puesto sus ojos allí, buscando una forma de atraer más turistas; y esa forma pasa, claro está, por modernizar la zona. Así que el encanto del Tibet ahora tiene que compartir el espacio con autopistas, coches, antenas de telefonía y un montón de hoteles y modernos avances.

Claro está, eso hace que la zona, que antes sólo estaba habitada por los monjes budistas que habían vivido allí durante siglos y algunos campesinos que vivían en aldeas apartadas, esté de pronto sufriendo los efectos de la superpoblación. Supongo que por un lado, las autoridades chinas podrían decir que cumplen su objetivo, pero en lo que respecta en lo que respecta a todo lo que transmitía al resto del mundo… desde luego está perdiendo puntos rápidamente. La cultura tibetana que se exportó al resto del planeta hablaba de tranquilidad, meditación, soledad para poder escuchar la propia alma del individuo…algo difícil de conciliar con el sonido de coches acelerando y el insistente sonido de llamada de un móvil. Todos tenemos en la cabeza la imagen de esos monjes viviendo en monasterios apartados en las altas montañas, con un mala tibetano en sus manos, en perpetuo rezo y comunión con su fe y la naturaleza. Ahora, si viven en medio de una multitud, será difícil de ver, o necesitarán muchos otros objetos propios de su cultura para poder llevar una vida parecida a la que llevaban. Y eso sin hablar de todos los lugareños que vivían de la tierra y de la crianza de animales: ¿de qué forma conciliarán eso con los restaurantes de comida rápida? Y aún más, si pensamos en las especies autóctonas que verán su ecosistema totalmente afectado.

Son muchas las voces que se han alzado contra la decisión del gobierno chino en relación a este tema, aunque no parece que haya vuelta atrás. Sin embargo, no hemos de escandalizarnos, porque otras muchas zonas están pasando, o van a pasar en breve, por el mismo proceso; quizá no en las mismas circunstancias, pero claramente con el mismo resultado.